Familia y menores
Asistimos en los últimos años a una serie de procesos y cambios en el ámbito social, que están modificando continuamente la concepción social de la familia, su función última como agente socializador, los valores que en ella se potencian e incluso la forma de relacionarse entre los distintos miembros que la componen.
Estos cambios, muchas veces modulados (peligrosamente) por los medios de comunicación pueden provocar una serie de conflictos entre los progenitores y su prole, creando gran preocupación en muchas esferas sociales, políticas o profesionales. Parece contradictorio que esto ocurra precisamente en la época en la que más información existe sobre cómo educar a los hijos e hijas, las conductas que hay que evitar y las que hay que potenciar, que hábitos hay que erradicar… pero la realidad es que el exceso de información (alejándose por desgracia del concepto de formación) está provocando una inseguridad en los educadores, permitiendo en ocasiones que sea el propio menor el que tome la dirección y el mando en la familia, iniciando conductas altamente problemáticas que van a determinar sus pautas de interacción con otras personas de su entorno, ya sean otros adultos, los profesores e incluso sus iguales.
En estas ocasiones las familias demandan una atención específica, pues ya se sienten desbordadas y han agotado todos los recursos que tienen a su disposición, llegando incluso a proponer que sea la propia Administración la que se haga cargo de la tutela (y por tanto asuma la responsabilidad) de los menores al no encontrar otra salida. Aunque esta intervención en muchas ocasiones se ve como la única salida a la situación que se está viviendo, consideramos más efectivo a largo plazo el tratamiento en el contexto habitual siempre que sea posible, ayudando a los menores y a sus familias a encontrar soluciones a los problemas de convivencia, y que estas soluciones surjan desde el propio núcleo familiar (con la ayuda adecuada).